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En Perspectiva | ¿Quién gana cuando nos enseñan a odiarnos?

La Presidenta abrió una discusión incómoda sobre la política, las etiquetas y la forma en que millones de mexicanos son retratados en el debate público.

by Editorial 3 Diario del Norte

En Perspectiva | ¿Quién gana cuando nos enseñan a odiarnos?

La Presidenta abrió una discusión incómoda sobre la política, las etiquetas y la forma en que millones de mexicanos son retratados en el debate público.

“Nosotros no promovemos el odio”.
La frase pronunciada por la Presidenta Claudia Sheinbaum durante el acto conmemorativo del séptimo aniversario del triunfo de la Cuarta Transformación no pasó desapercibida.

Tampoco fue casual. Formó parte de una reflexión más amplia sobre las campañas de desinformación, la polarización y los intentos por construir una imagen negativa de quienes forman parte o simpatizan con Morena.

Más allá de las posiciones políticas de cada ciudadano, el mensaje abrió una conversación que vale la pena analizar.

Porque la pregunta ya no es únicamente quién gobierna o quién hace oposición.

La pregunta es cómo estamos discutiendo la política en México.

Durante años hemos visto cómo las diferencias políticas dejaron de ser simples desacuerdos para convertirse en etiquetas. En redes sociales, programas de opinión y espacios digitales aparecen todos los días calificativos que intentan explicar a millones de personas con una sola palabra.

“Conservadores”.

“Radicales”.

“Chairos”.

“Fifís”.

“Vendidos”.

“Fanáticos”.

La lista parece interminable.

El problema es que cuando una etiqueta sustituye a una persona, desaparece la posibilidad de entenderla.

Y cuando desaparece la posibilidad de entender al otro, comienza a crecer la confrontación.

La Presidenta planteó que existe una narrativa impulsada desde sectores políticos y mediáticos que busca presentar a Morena como un movimiento intolerante o agresivo. Se puede coincidir o no con esa afirmación, pero resulta difícil negar que la polarización se ha
convertido en una de las características más visibles de la conversación pública mexicana.

Hoy la discusión política rara vez se desarrolla en términos de argumentos.

Con frecuencia se desarrolla en términos de identidades.

Ya no importa tanto qué se propone.

Importa quién lo dice.

Ya no importa tanto la idea.

Importa a qué grupo pertenece quien la plantea.

Esa lógica ha generado un fenómeno preocupante: la construcción permanente del enemigo político.

Porque para algunos sectores parece insuficiente tener un adversario electoral. También necesitan un adversario moral.

Alguien a quien responsabilizar de todos los problemas.

Alguien a quien caricaturizar.

Alguien a quien desacreditar.

Alguien a quien culpar.

Sin embargo, la realidad suele ser mucho más compleja que las narrativas.

Detrás de Morena existen millones de ciudadanos con historias, necesidades y motivaciones distintas. Lo mismo ocurre con quienes respaldan otras opciones políticas.
México es demasiado diverso para caber dentro de una sola etiqueta.

Quizá por eso uno de los puntos más relevantes del mensaje presidencial fue la reivindicación de valores como la dignidad humana, la inclusión, la igualdad y el combate a la discriminación.

La discusión de fondo no es si debemos criticar al gobierno.

Por supuesto que debemos hacerlo.

La crítica fortalece a la democracia.

La exigencia ciudadana fortalece a la democracia

La rendición de cuentas fortalece a la democracia.

Lo que debilita a la democracia es la incapacidad de reconocer humanidad en quien piensa diferente.

Las redes sociales han complicado todavía más el panorama.

Los algoritmos premian el conflicto.

La indignación genera más interacciones que la reflexión.

El insulto suele obtener más alcance que los datos.

Y la confrontación permanente se ha convertido en uno de los combustibles favoritos de la conversación digital.

Por eso el mensaje de Claudia Sheinbaum resulta relevante más allá de Morena o de la propia Presidencia.

Porque pone sobre la mesa una realidad que millones de mexicanos observan todos los días: la política se ha llenado de etiquetas y cada vez tiene menos espacios para escuchar.

Quizá el verdadero desafío de nuestra democracia no sea únicamente elegir gobernantes.

Quizá también consista en recuperar la capacidad de debatir sin descalificar, disentir sin odiar y participar sin convertir al otro en enemigo.

Porque al final del día, cuando la política deja de tratar sobre ideas y comienza a tratar sobre prejuicios, la pregunta más importante no es quién pierde una elección.

La pregunta es mucho más simple y mucho más profunda:

¿Qué clase de país estamos construyendo cuando dejamos de escuchar a quienes piensan distinto?

En Perspectiva.

 

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